Entre copa y copa, verso y texto, en medio de una luna en cuarto creciente, a la que hoy le debemos este nombre, se conjuró este compromiso por la palabra y la imaginación

Preguntas

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 A Juan Gelman

Volví. Nunca había partido.
Alejarme tan sólo fue el modo
de quedar para siempre.
    
 José Ángel Valente


 dime qué disparate mío te inventa te requiere te imagina si estas al otro lado del mundo tal vez o no pienses en mi pero de todos modos el otro lado del mundo está lejos lejísimo inalcanzable de este jueves huérfano de fin de mes y no hay de dónde sacarse la palabra nunca y mucho menos hay moneda que pague lo que cuesta hablarse y entonces una ráfaga de razón me hace de nuevo inventarte mirarte abrazarte buscarte en urgidas tibiezas sabiendo que de todas maneras el futuro tiene frío

Natacha Salazar Pinto

                                                       Ilustración: Mehrdad Zaeri


Dos insectos para el amor


I

El efímero posó sus alas
contra la ventana prisionera.
El vuelo nupcial extravió la senda del río.

Bailó su batalla contra la muerte.

Frágil el  tiempo se sacudió las horas,
una fugacidad que ocurre
hace más de dos mil años.

Un día eterno nace cada día.

Es el amor tan antiguo como un efímero. 
¿Acaso no son gemelos?


(Esto no es un efímero)


II

Cuando el efímero escarbó en el pétalo
bajo la ninfa, su amante párvula
corrió hacia el río creyéndolo océano
en larga estadía como si fuera esdrújula.

Más no entendía de su vida cómoda
si no era uniéndose a esas alas frágiles
vivir un día como si fuera el único
amar y morir en el vuelo errático.

Del cielo a la tierra, espacio sin brújula
la puesta del sol anunciaría la táctica
nocturna, un adiós de encuentros lógicos 
para sucumbir dichoso en la mañana última.



A flote

Navega entre dos turbulencias
la que busca paz. Ya no sabe
de indignaciones, de decepciones,
de corazón herido, duro o quieto.

Observa la línea que bordea las aguas,
 se desplaza sobre ella, cual malabarista
 aprendiz de la ironía y el recelo.

Flota entre dos turbulencias
el barco que la soporta ligera
en su razón de temer al naufragio.

Como la brisa que canta el encuentro
del Orinoco y el Caroní, van al aire
sus palabras que nadie escucha.

En la densidad de los dos ríos
espera ver infructuosamente
los peces que cruzan de un lado a otro.

Será que le tienen miedo
                                                 o no existen.

Hay en la diferencia una forma
en donde quiere estar
desdibujada y fundida.
Permanecer
entre el calor y el frío
la alcalinidad y espesura
como un mineral derretido
en el espacio de encuentro.

Yacen sus zapatos en el fondo
 de esa arena amarillenta y rojiza
blanquecina, plata, oro, turmalina.
No hay un momento de claridad
que despeje la corriente para alcanzarlos
y en firme tierra seguir sus pasos.


 
Donde se cruzan los ríos Orinoco y Caroní. Puerto Ordaz. Bolívar. Venezuela